sábado, 26 de octubre de 2013

El Fantasma Desconocido: Hombre Omega (Action Tales)

      Es curioso, porque a pesar de lo mucho que me gusta el género de terror, tanto en su vertiente literaria como cinematográfica, a la hora de escribir pocas veces me he decantado por este tipo de historias, especialmente desde que retomé la vocación allá por 2005. Y curioso resulta también, que precisamente una de mis escasas historias de terror para Action Tales sea también una de las que me siento más orgulloso (uno de esos extraños casos en los que el resultado final coincide con esa idea tan "molona" que había surgido en la cabeza de uno); la portada podéis verla justo aquí al lado, por cierto.

  Hoy vengo a presentar un relato autoconclusivo protagonizado por el Fantasma Desconocido, Hombre Omega, disponible en Showcase #3. Un relato que a pesar de estar protagonizado por este personaje de DC Comics, no requiere ningún conocimiento previo sobre él ni su entorno para poder abordarlo, y por tanto resulta completamente accesible para cualquier lector al que simplemente le gusten las historias de terror.

      Y bueno, la historia comienza tal que así...

          Sólo pienso en correr. Correr con toda la energía que pueda extraer de estas piernas inmóviles. Mi corazón se agita violentamente en el pecho, pero la sangre no circula por mis venas. Mi voluntad, mi determinación, ¿mi vitalidad?, se concentran en el movimiento -el movimiento no existe; ni siquiera es una ilusión, puedo darme cuenta-.
          ¿Dónde estoy?, me pregunto. Miro sin ojos a mi alrededor: un largo y estrecho pasillo débilmente iluminado. Me resulta familiar su olor a polvo y aspecto de finales del siglo XIX, sin embargo no logro situarlo en ninguna casa que recuerde.
          Y tras de mí –de mí: yo, todavía soy yo- hay algo cuya apariencia ignoro, pero que provoca en mi mente el más puro e incontrolable terror. Tengo miedo; está a escasos metros de mi espalda –no siento nada, ¿tengo una espalda?- y debo huir. Tengo que huir. Quiero correr como si toda mi existencia dependiera de ello.
           Soy incapaz de volver mi rostro para descubrir su presencia. No lo necesito. Sé que está ahí.
           Mis piernas no se mueven, pero muy lentamente comienzo a avanzar por el pasillo –no me sigas, no me sigas, no me sigas-. Los pensamientos se agitan en desorden incontrolado, como chispas escapando de una hoguera; mi mente, vuelta del revés.
          He llegado al final del pasillo y veo un interruptor al alcance de mi mano. Luz, pienso, sí, la luz acabará con todo: destierro para el terror; exilio para el dolor –nada duele, ¿por qué no duele?-.
          Mi mano no se ha movido, pero está sobre el interruptor. Con ansia apenas contenida lo presiono. Y lo vuelvo a presionar. Mi corazón da un vuelco inmóvil en su inmóvil prisión: la luz no aparece y la penumbra sigue conmigo.
        Pierdo el control. Está tras de mí y no puedo escapar. Me precipito hacia delante –mis piernas siguen inmóviles- con desesperante lentitud, doblo la esquina del final del pasillo y veo lo que mis ojos ya sabían que iban a encontrar: una escalera infinita de pendiente imposible y escalones ridículamente estrechos. No puedo ver su fin en el fondo del abismo –el pasillo, la casa, han desaparecido: sólo existe el abismo-.
          Dudo. Encuentro la resolución en mi interior. Vuelvo a dudar. Siento su respiración en mi nuca. Me arrojo hacia la escalera. No puedo mantener el equilibrio en mi bajada. Caigo al vacío. Floto. Vuelo.
           Despierto.

           Despierto gritando. Todos gritamos aquí. 

Continúa en Showcase #3

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